Por Ricardo Bada
Fuente: Trujaman
Uno de los caballitos de batalla de la traducción en el día a día, no necesariamente en la de alto copete, en la literaria, es la dificultad de citar correctamente —en según qué países— los títulos de las películas en castellano, y ello por la sencilla razón de que no existen ni un criterio único ni tampoco la obligación de tomar la traducción ya hecha en otro país.
Recuerdo al respecto que cuando me ocupé de la edición de la obra periodística de Gabriel García Márquez en Alemania, las mayores dificultades me las proporcionaron las citas de los títulos de las películas que reseñaba cuando fue crítico de cine. Ejemplo: una de las obras maestras de Elia Kazan, On the Waterfront (algo así como En el malecón), que en francés se estrenó con el título Sur les quaies (traducción casi literal del original), en alemán con el título Der Faust in Nacken (algo así como Acogotado), en español en España como La ley del silencio, y en español en América Latina como Nido de ratas. Si no fuese porque García Márquez contaba algo del argumento y hablaba de la actuación de Marlon Brando, difícilmente hubiese yo podido saber de qué película se trataba y convertir ese Nido de ratas en un Der Faust in Nacken, para que el lector alemán también supiese cuál era la película de marras.
Pues bien: leyendo unos poemas de la neoyorquina Linda Pastan, me encuentro los siguientes versos:
Por qué no decimos adiós ahora mismo
en la falacia de una salud perfecta
antes de que nada de lo que deba ocurrir
ocurra. Podríamos perfeccionar nuestra despedida
como esos personajes de En la playa
diciéndose adiós a la sombra
de la bomba – y que jóvenes y con las manos cogidas
veíamos sentados en el cine.
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14 de mayo de 2010
Cuando "On the Beach" no es "En la playa"
Una reflexión de
De traducciones y otras rarezas
a las
11:46
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27 de julio de 2007
Por amor a Harry
Para vagos, ahorradores y faltos de paciencia, el blog Spanish Hallows nos ofrece la traducción de la nueva entrega de Harry Potter 3 días después de su publicación en inglés.
He echado un vistazo a varios capítulos y no parece una traducción automática.
David García Pérez, en su blog, comenta lo siguiente:
"La gente en el mundo tiene bastante tiempo libre, o tal vez lo sepan organizar mucho mejor que yo. Por que desde luego no me explico como solamente en tres días un grupo de personas tradujese al castellano el séptimo libro de Harry Potter, Harry Potter and the Deathly Hallows. Y aún por encima van y lo publican en un blog: Spanish Hallows.
No me he parado a leer la traducción -ya he leído el libro en inglés- y no sé si es buena o no (personalmente soy de los que piensa que mejor, si es posible, leerse las cosas en versión original). Pero de todas formas no creo que esté mucho tiempo en internet. Supongo que la editorial se pondrá dentro de poco en contacto con Blogspot para que cierren cuanto antes ese blog."
¡Así que los interesados se den prisa!
Yo tampoco me explico qué hacen esos magníficos gestores de proyectos de traducción desaprovechados. ¡A Salamandra ya!
Nota de última hora: Un equipo de traductores al mandarín nos ha copiado la idea y ha puesto a trabajar a un equipo de 60 traductores amateur para acelerar la publicación del nuevo libro de la saga. Si quieres saber más, haz clic aquí.
Noticia de ultimísima hora: Un grupo de 400 internautas brasileños liderado por una chica de 14 años dejó casi lista la traducción al portugués del último libro de Harry Potter, que está a la venta desde el viernes, para distribuirlo gratuitamente por Internet. La joven de 14 años convocó por Internet a un ejército de 400 traductores que ha concluido la traducción de las 607 páginas de la novela en menos de una semana tras la filtración.
Si quieres saber más, haz clic aquí.
He echado un vistazo a varios capítulos y no parece una traducción automática.
David García Pérez, en su blog, comenta lo siguiente:
"La gente en el mundo tiene bastante tiempo libre, o tal vez lo sepan organizar mucho mejor que yo. Por que desde luego no me explico como solamente en tres días un grupo de personas tradujese al castellano el séptimo libro de Harry Potter, Harry Potter and the Deathly Hallows. Y aún por encima van y lo publican en un blog: Spanish Hallows.
No me he parado a leer la traducción -ya he leído el libro en inglés- y no sé si es buena o no (personalmente soy de los que piensa que mejor, si es posible, leerse las cosas en versión original). Pero de todas formas no creo que esté mucho tiempo en internet. Supongo que la editorial se pondrá dentro de poco en contacto con Blogspot para que cierren cuanto antes ese blog."
¡Así que los interesados se den prisa!
Yo tampoco me explico qué hacen esos magníficos gestores de proyectos de traducción desaprovechados. ¡A Salamandra ya!
Nota de última hora: Un equipo de traductores al mandarín nos ha copiado la idea y ha puesto a trabajar a un equipo de 60 traductores amateur para acelerar la publicación del nuevo libro de la saga. Si quieres saber más, haz clic aquí.
Noticia de ultimísima hora: Un grupo de 400 internautas brasileños liderado por una chica de 14 años dejó casi lista la traducción al portugués del último libro de Harry Potter, que está a la venta desde el viernes, para distribuirlo gratuitamente por Internet. La joven de 14 años convocó por Internet a un ejército de 400 traductores que ha concluido la traducción de las 607 páginas de la novela en menos de una semana tras la filtración.
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Una reflexión de
De traducciones y otras rarezas
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09:00
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29 de mayo de 2007
Crítica (¿literaria?) rescatada
Ponga un traductor en su vida
Del blog "Dispersa. Hacia abajo y en descenso"
"¿Qué tienen en común El jinete pálido, Corazón tan blanco, Lolita y Hotel Iris? ¿En que confluyen estas tres historias –la de una mujer emparedada en la historia, la de un suicido en flasback, la de “Dolores, Lola, Lolita”, y la de relación sodomita con una recepcionista–?
En los cuatro, el protagonista ejerce de traductor. Así que los traductores tienen algo novelesco, mayormente perverso, oculto, truculento… que nunca había pensado antes. Este tipo de revelaciones surgen de lo más absurdo, atando cabos y, al final o al principio (como es este caso), te ves apuntando esa casualidad en la libretita del bolsillo: “Hacer un post del tema traductores”.
Ahora este papelito se encuentra sobre mi mesa y ha hecho que, después de pensar en ello durante unos días, haya acabado convirtiendo a esta honrada profesión en “sospechosa habitual”. Algo debe esconder esa persona que pone a mi alcance a autores que nunca podría leer.
«Querido traductor, seguro que mientes y ocultas algo. Debes poseer algún saber, alguna aptitud, algún rasgo, que re hace inmune al dolor del autor, que ve su texto en manos de otro. Tú, con bisturí en mano, escudriñas todos los secretos que él (el pobre autor) ha tratado de esconder entre líneas, entre letras, entre palabras… y eres capaz de conocer sus secretos y llegar allá donde el literato se esconde. Cuando el libro aparece en las librerías o el texto llega a sus destinatarios tú ya lo sabes todo: “aquí el lector deberá leer con sorpresa, ¡oh!, esa evocación que escondí y que tanto me costó descubrir, pues el autor fue astuto…”».
Así el traductor mece la cuna, modula las imágenes que llegan a mi mente y, a su modo (maquivélico, mordaz, omnipresente), domina mi lectura.
ANUNCIOS POR PALABRAS: El traductor es dios. Ponga uno en su vida. Deje que le sodomice… seguro que mola. Es su vía de acceso a la historia de la literatura."
Importante: Os recomiendo que leáis el comentario 3 al post, escrito por un compañero.
Del blog "Dispersa. Hacia abajo y en descenso"
"¿Qué tienen en común El jinete pálido, Corazón tan blanco, Lolita y Hotel Iris? ¿En que confluyen estas tres historias –la de una mujer emparedada en la historia, la de un suicido en flasback, la de “Dolores, Lola, Lolita”, y la de relación sodomita con una recepcionista–?
En los cuatro, el protagonista ejerce de traductor. Así que los traductores tienen algo novelesco, mayormente perverso, oculto, truculento… que nunca había pensado antes. Este tipo de revelaciones surgen de lo más absurdo, atando cabos y, al final o al principio (como es este caso), te ves apuntando esa casualidad en la libretita del bolsillo: “Hacer un post del tema traductores”.
Ahora este papelito se encuentra sobre mi mesa y ha hecho que, después de pensar en ello durante unos días, haya acabado convirtiendo a esta honrada profesión en “sospechosa habitual”. Algo debe esconder esa persona que pone a mi alcance a autores que nunca podría leer.
«Querido traductor, seguro que mientes y ocultas algo. Debes poseer algún saber, alguna aptitud, algún rasgo, que re hace inmune al dolor del autor, que ve su texto en manos de otro. Tú, con bisturí en mano, escudriñas todos los secretos que él (el pobre autor) ha tratado de esconder entre líneas, entre letras, entre palabras… y eres capaz de conocer sus secretos y llegar allá donde el literato se esconde. Cuando el libro aparece en las librerías o el texto llega a sus destinatarios tú ya lo sabes todo: “aquí el lector deberá leer con sorpresa, ¡oh!, esa evocación que escondí y que tanto me costó descubrir, pues el autor fue astuto…”».
Así el traductor mece la cuna, modula las imágenes que llegan a mi mente y, a su modo (maquivélico, mordaz, omnipresente), domina mi lectura.
ANUNCIOS POR PALABRAS: El traductor es dios. Ponga uno en su vida. Deje que le sodomice… seguro que mola. Es su vía de acceso a la historia de la literatura."
Importante: Os recomiendo que leáis el comentario 3 al post, escrito por un compañero.
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De traducciones y otras rarezas
a las
11:25
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29 de enero de 2007
Una indignación que debería ser de todos
El comino de nuestra lengua
JAVIER MARÍAS 28/01/2007 en El País
Pocas veces he sentido más indignación que al leer el reportaje que sacó este diario hace dos semanas, de Virginia Collera y Enrique Murillo, sobre la actual situación de los traductores en España. No se me escapa que empezar así resulta un tanto hueco y retórico, dado que, como ustedes saben y padecen, me indigno aquí a menudo. Pero la cantidad de indignaciones no merma la calidad de cada una, y esta ha sido de primera. Hace mucho que no traduzco, con alguna excepción para mi editorial, Reino de Redonda, para la cual lo hago gratis, claro está. Pero en los años setenta y ochenta fue una de mis maneras de ganarme –mal– la vida. Se trata, desde siempre, de una tarea tan importante como mal retribuida y considerada, y a lo largo de decenios los traductores han esperado que al mundo de la edición llegase gente que supiese ser justa con ella: que se dignase poner el nombre del traductor, sin falta, y como se hace en Francia, en la cubierta de los libros; que no fuese indiferente a su calidad; que pagase como es debido algo extremadamente difícil –a veces milagroso– y esencial; que no viese esa actividad como un trámite, o un inevitable engorro, sino como lo que más hay que cuidar a la hora de publicar una obra escrita originalmente en lengua extranjera.
Las condiciones, sin embargo, no sólo no han ido a mejor, sino que han empeorado vergonzosamente. Si por las traducciones literarias se pagaba poco, ahora menos. Si antes se retribuía por folio, ahora la avaricia y tacañería de muchos editores los lleva a descontar cuanto no contenga texto –los diálogos, los puntos y aparte, los versos, los finales de capítulo, los sangrados–, como si las pausas no formaran parte de los textos y como si éstos se escribieran en un rollo de papel higiénico ancho, todo seguido. (Esto hace que los traductores ingresen un 20% menos … de lo que ya era una miseria.) Por último, cuentan Collera y Murillo, hay ya unas cuantas editoriales, algunas riquísimas –Planeta, Random House Mondadori, Gredos, Urano–, que llevan a cabo una de las prácticas más vejatorias, explotadoras e insensatas que se pueden concebir: "subastas a la baja", consistentes en que el editor ofrece un libro a tres o cuatro traductores, y el que esté dispuesto a vertérselo al castellano por una tarifa más baja, se llevará el gato al agua. Esto equivale a premiar al que tiene en menos su tarea, al que –en consonancia con el ridículo precio acordado– se tomará las molestias mínimas y entregará una chapuza, al que no se sentirá obligado ni a consultar el diccionario en caso de duda, ni tendrá reparo en cambiar o suprimir los pasajes que no entienda bien. En suma, al que tradicionalmente se llamaba "intruso" o "revientaprecios". Es justamente lo contrario de lo que se hace en Francia, donde, si un traductor se ofrece a trabajar por una tarifa inferior a la habitual, el editor desconfiará de él, dudará de su competencia y de la estima que su propia labor le merece, y, ya sólo por eso, no le entregará la obra. Aquí, el mundo al revés. Cuanto más barato sea alguien, más trabajo se le dará. Claro que también se puede ser barato por desesperación o por bisoñez, porque hay que sacar dinero de donde sea o porque se está empezando y es lo único que se quiere, empezar. Pero lo más frecuente es que se sea barato por mediocridad, aprovechamiento o haraganería.
Más de una vez he hablado del lamentable estado de nuestra lengua y de nuestras traducciones en particular, de las cuales nos nutrimos tanto o más que de lo escrito en español (¿o es que no son traducción innumerables noticias de prensa y televisión, o los subtítulos de las películas y las series?). Pero es que el círculo vicioso ya está creado, gracias en buena medida a los editores iletrados y avaros: éstos dan el trabajo al más pringado, éste aplica la ley de la jeta y no se molesta en mejorar, los críticos casi nunca enjuician las traducciones, para bien ni para mal, de modo que esos editores a los que se les debería caer la cara de vergüenza por ofrecer productos defectuosos cuando no infames, jamás son reprendidos por nadie ni ven disminuir sus beneficios, como merecerían; y a los lectores, por último, parece darles todo igual, o ya no saben distinguir. Hoy hay muchos que creen estar al día y haber leído a los mejores autores extranjeros, cuando lo único que han leído es un burdo simulacro, patoso y lleno de infidelidades y errores, de lo que originalmente escribieron. Así como uno no compra la leche Tal o los embutidos Cual, la nevera X o el ordenador Z porque sabe que son una porquería, a estas alturas deberíamos ya saber que de la editorial H o V uno jamás debe adquirir un libro traducido. Yo mismo podría darles aquí una pequeña lista, pero esa no es mi misión. Lo sería de los críticos, en primer lugar, y de los propios lectores a continuación. Y sólo así, al cabo del tiempo, podría acabarse con lo que expresaba un veterano traductor en el reportaje mencionado: "Hasta que podamos demostrar que las traducciones, las buenas y las malas, afectan a las ventas, a las editoriales les importarán un comino". Las traducciones también conforman –cada vez más– nuestra lengua, y ésta, francamente, jamás debería importarnos un comino a ninguno de los que la hablamos.
JAVIER MARÍAS 28/01/2007 en El País
Pocas veces he sentido más indignación que al leer el reportaje que sacó este diario hace dos semanas, de Virginia Collera y Enrique Murillo, sobre la actual situación de los traductores en España. No se me escapa que empezar así resulta un tanto hueco y retórico, dado que, como ustedes saben y padecen, me indigno aquí a menudo. Pero la cantidad de indignaciones no merma la calidad de cada una, y esta ha sido de primera. Hace mucho que no traduzco, con alguna excepción para mi editorial, Reino de Redonda, para la cual lo hago gratis, claro está. Pero en los años setenta y ochenta fue una de mis maneras de ganarme –mal– la vida. Se trata, desde siempre, de una tarea tan importante como mal retribuida y considerada, y a lo largo de decenios los traductores han esperado que al mundo de la edición llegase gente que supiese ser justa con ella: que se dignase poner el nombre del traductor, sin falta, y como se hace en Francia, en la cubierta de los libros; que no fuese indiferente a su calidad; que pagase como es debido algo extremadamente difícil –a veces milagroso– y esencial; que no viese esa actividad como un trámite, o un inevitable engorro, sino como lo que más hay que cuidar a la hora de publicar una obra escrita originalmente en lengua extranjera.
Las condiciones, sin embargo, no sólo no han ido a mejor, sino que han empeorado vergonzosamente. Si por las traducciones literarias se pagaba poco, ahora menos. Si antes se retribuía por folio, ahora la avaricia y tacañería de muchos editores los lleva a descontar cuanto no contenga texto –los diálogos, los puntos y aparte, los versos, los finales de capítulo, los sangrados–, como si las pausas no formaran parte de los textos y como si éstos se escribieran en un rollo de papel higiénico ancho, todo seguido. (Esto hace que los traductores ingresen un 20% menos … de lo que ya era una miseria.) Por último, cuentan Collera y Murillo, hay ya unas cuantas editoriales, algunas riquísimas –Planeta, Random House Mondadori, Gredos, Urano–, que llevan a cabo una de las prácticas más vejatorias, explotadoras e insensatas que se pueden concebir: "subastas a la baja", consistentes en que el editor ofrece un libro a tres o cuatro traductores, y el que esté dispuesto a vertérselo al castellano por una tarifa más baja, se llevará el gato al agua. Esto equivale a premiar al que tiene en menos su tarea, al que –en consonancia con el ridículo precio acordado– se tomará las molestias mínimas y entregará una chapuza, al que no se sentirá obligado ni a consultar el diccionario en caso de duda, ni tendrá reparo en cambiar o suprimir los pasajes que no entienda bien. En suma, al que tradicionalmente se llamaba "intruso" o "revientaprecios". Es justamente lo contrario de lo que se hace en Francia, donde, si un traductor se ofrece a trabajar por una tarifa inferior a la habitual, el editor desconfiará de él, dudará de su competencia y de la estima que su propia labor le merece, y, ya sólo por eso, no le entregará la obra. Aquí, el mundo al revés. Cuanto más barato sea alguien, más trabajo se le dará. Claro que también se puede ser barato por desesperación o por bisoñez, porque hay que sacar dinero de donde sea o porque se está empezando y es lo único que se quiere, empezar. Pero lo más frecuente es que se sea barato por mediocridad, aprovechamiento o haraganería.
Más de una vez he hablado del lamentable estado de nuestra lengua y de nuestras traducciones en particular, de las cuales nos nutrimos tanto o más que de lo escrito en español (¿o es que no son traducción innumerables noticias de prensa y televisión, o los subtítulos de las películas y las series?). Pero es que el círculo vicioso ya está creado, gracias en buena medida a los editores iletrados y avaros: éstos dan el trabajo al más pringado, éste aplica la ley de la jeta y no se molesta en mejorar, los críticos casi nunca enjuician las traducciones, para bien ni para mal, de modo que esos editores a los que se les debería caer la cara de vergüenza por ofrecer productos defectuosos cuando no infames, jamás son reprendidos por nadie ni ven disminuir sus beneficios, como merecerían; y a los lectores, por último, parece darles todo igual, o ya no saben distinguir. Hoy hay muchos que creen estar al día y haber leído a los mejores autores extranjeros, cuando lo único que han leído es un burdo simulacro, patoso y lleno de infidelidades y errores, de lo que originalmente escribieron. Así como uno no compra la leche Tal o los embutidos Cual, la nevera X o el ordenador Z porque sabe que son una porquería, a estas alturas deberíamos ya saber que de la editorial H o V uno jamás debe adquirir un libro traducido. Yo mismo podría darles aquí una pequeña lista, pero esa no es mi misión. Lo sería de los críticos, en primer lugar, y de los propios lectores a continuación. Y sólo así, al cabo del tiempo, podría acabarse con lo que expresaba un veterano traductor en el reportaje mencionado: "Hasta que podamos demostrar que las traducciones, las buenas y las malas, afectan a las ventas, a las editoriales les importarán un comino". Las traducciones también conforman –cada vez más– nuestra lengua, y ésta, francamente, jamás debería importarnos un comino a ninguno de los que la hablamos.
Una reflexión de
De traducciones y otras rarezas
a las
10:23
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